Historia de Colindres

Max Linder, estrella del cine mudo, llega a Madrid (1912)

miércoles, 3 de febrero de 2016

LA MARQUESA DE POMPADOUR Y LA ILUSTRACIÓN




     Retrato de madame de Pompadour, pintado por Quentin de Latour, en 1755.
     Museo del Louvre. (1) La Enciclopedia. (2) Libros de Voltaire y Montesquieu
     (El espíritu de las leyes). (3) Partitura musical. (4) Gravados. (5) Instrumento
     musical.

El siglo XVIII fue el escenario de una decisiva batalla ideológica. Los «filósofos», el lado más combativo de la Ilustración, se afanaron por transformar el mundo en el que habían nacido, fundado sobre el cristianismo, para sustituirlo por otro construido al margen de Dios, basado en la razón y el bienestar económico. En aquella lucha, una figura femenina, madame de Pompadour, llegó a jugar un destacado papel.

Madame de Pompadour nació en París, en 1721, y fue bautizada como Jeanne-Antoinette, de apellido Poisson. Creció en el seno de una familia perteneciente a la burguesía financiera, que le proporcionó una esmerada educación. Después de unos años en un colegio de monjas ursulinas, su madre le buscó los mejores profesores: recibió clases de dicción de manos de Crébillon, destacado autor dramático, y Jeliotte, estrella de la ópera, le enseñó a cantar. La joven manifestó pronto buena inteligencia y sensibilidad artística. Le gustaba dibujar, pintar y tocar el clavecín. También tenía afición a la botánica [1]. Este refinamiento cultural unido a su elegancia y belleza hicieron que Jeanne-Antoinette destacara pronto en los salones de París, donde conoció a los artistas e intelectuales de la época, como Montesquieu, Marivaux o Fontenelle. En 1741, a los diecinueve años, nuestra protagonista se casa con Charles Guillaume Le Normant d’Étiolles. Desde entonces, la recién casada pasará temporadas en la mansión campestre de Étiolles, en la que recibirá a escritores –Voltaire, Montesquieu, Crébillon– y aristócratas.

Paulatinamente, la fama de la ahora conocida como madame d’Étiolles empieza a extenderse y llega a oídos del rey, quien tiene ocasión de conocerla personalmente con ocasión de un baile de máscaras celebrado en Versalles, en 1745. Poco después, comenzaba una relación íntima entre ambos. No era la primera vez que Luis XV, casado y con varios hijos, escandalizaba a la corte y a Francia con una amante. La novedad en esta ocasión era la condición social de la elegida. Las anteriores favoritas procedían de la nobleza, Jeanne era burguesa. El problema de la burguesía en la Francia del siglo XVIII era que, pese a tener dinero y cultura, legalmente se encontraba en una situación de inferioridad frente a la nobleza. Una nobleza que, orgullosa, seguía mirando por encima del hombro a los miembros de este grupo social, a los que consideraba como plebeyos.

No obstante el rechazo, el rey no se volvió atrás. Jeanne-Antoinette comenzó así una carrera que habría de convertirla en una de las personas más destacadas e influyentes del reino. Para empezar, Luis XV instaló a su nueva favorita en el mismo palacio de Versalles, otorgándole el título de marquesa de Pompadour. Años más tarde,  conseguirá del monarca el rango de duquesa (1752) y, en 1756, será nombrada dama de honor de la muy resignada reina María Leszczynska. De los primeros tiempos en Versalles nos ha llegado este espléndido retrato de nuestro personaje: «Era esbelta, desenvuelta, ágil y elegante; su rostro armonizaba con el cuerpo […] la boca encantadora, los dientes muy bellos y la sonrisa más deliciosa […]. El más hermoso cutis del mundo acentuaba la atracción de todos sus rasgos. Los ojos tenían un encanto muy particular, […] su color indeterminado parecía aportarles todas las formas de la seducción y expresar sucesivamente todas las impresiones de su alma voluble; […] el conjunto de la persona parecía fijar el matiz entre el último grado de la elegancia y el primero de la nobleza» [2]. A todo lo dicho es necesario añadir su maestría a la hora de vestirse, combinando con artístico acierto las telas, los colores, las joyas y todo tipo de complementos.

La vida íntima –de amantes– entre el rey y la Pompadour duró unos cinco años, pero, una vez terminada, fue sustituida por la amistad. Luis XV se había acostumbrado a los consejos, la ayuda y la presencia de la aquella mujer. En la nueva etapa, Jeanne-Antoinette tuvo que mirar hacia otro lado y tolerar las relaciones que el rey –esclavo de su sexualidad– mantuvo con muchachas, generalmente de humilde condición, en una discreta casa cercana al palacio de Versalles, en el barrio conocido como Parque de los Ciervos. La marquesa parecía contentarse: quizás eran preferibles las fugaces aventuras del monarca con aquellas damiselas sin relevancia al peligro de una relación con alguna dama de la nobleza que pudiera quitarle el puesto [3].

Bien como amante, en los primeros años, o después, en calidad de amiga y consejera, madame de Pompadour supo mantenerse como favorita real hasta su muerte, en 1764. En conjunto casi dos décadas. Perfectamente situada en el centro de la corte, la Pompadour fue ejerciendo una creciente influencia en política, haciendo y deshaciendo ministros, embajadores y generales, interviniendo, con distinta intensidad, en la mayor parte de los grandes asuntos de Estado. Paralelamente a su encumbramiento personal, tuvo lugar el ascenso de su hermano Abel, quien terminó siendo nombrado director general de las construcciones reales y marqués de Marigny.

En esta su época dorada, la marquesa gastó a manos llenas, sobre todo comprando o edificando grandes mansiones que luego decoraba con hermosos muebles, cuadros y tapices. Cerca de uno de estos edificios, el castillo de Bellevue, se fundó, gracias a su empeño, la famosa manufactura (fábrica) de porcelanas de Sèvres. Otra de las residencias de la Pompadour fue el palacio del Elíseo, en París, actualmente residencia oficial del presidente de la República.  

Quizás, uno de los aspectos más polémicos de la marquesa de Pompadour haya sido su relación con el denominado «movimiento de las luces». Los escritores ilustrados  profesaban una fe ciega en el poder de la razón. Creían que la razón era el instrumento a través del cual debían revisar y reformar todas realidades humanas: la política, la economía, la organización social, la religión y hasta el modo de vivir y de pensar de las gentes. Aunque la Ilustración se internacionalizó, manifestándose diferencias entre países y autores, en general, y especialmente en Francia, adquirió mayor influencia la tendencia más radicalmente iluminista. Este tipo de intelectuales buscaban trasformar el mundo en el que habían nacido, pues no se sentían cómodos en aquella civilización fundada sobre el cristianismo. Dicho sector de la Ilustración apostó por un mundo nuevo: el hombre guiado de la «razón» debía promover el avance, «el progreso» –progreso material– de la sociedad que habría de llevarle a la felicidad, al «paraíso en la tierra». Pero en aquel camino se interponían obstáculos. El más grave parecía ser el cristianismo, y especialmente la Iglesia católica. Ese nuevo mundo con el que soñó la Ilustración anticristiana es, en líneas generales, el nuestro, la actual sociedad, dominada por el materialismo consumista. Se inició así una lucha por parte de «los filósofos» en contra el catolicismo. En esa guerra, consciente o inconscientemente, la Pompadour jugó un papel nada despreciable.

Al frente del iluminismo anticristiano se encontraban una serie de autores de lengua francesa: Voltaire, Diderot, D’Alembert, Rousseau, etc. Sus ideas, encontraron un fenomenal vehículo de divulgación con la publicación, a partir de 1751, de la Enciclopedia. De todos los citados, fue Voltaire el que lanzó contra la Iglesia católica las críticas más violentas y demoledoras, destilando un particular odio hacia los jesuitas. No en vano la Compañía de Jesús era por entonces la más vigorosa institución de la Iglesia, cuyos miembros habían alcanzado una notable reputación intelectual.

En su faceta de mecenas, la marquesa apoyó a los pintores (Boucher), escultores y arquitectos (Gabriel) de su tiempo. De igual modo, no pudo resistirse a tender una mano generosa y protectora sobre los ilustrados y la Enciclopedia. Esta contribución a la Luces no significó necesariamente una aceptación de todas las ideas de aquel movimiento. Su actitud en este campo, sin duda estuvo influida por la natural inclinación que sentía hacia las artes y las letras. Como reconocía: «Yo amo los talentos y las letras y será siempre para mí un gran placer el contribuir a la felicidad de los que las cultivan» [4]. Aunque, también, podemos suponer que al obrar de esta manera la señora marquesa se dejara llevar por una buena dosis de vanidad, al recordar los puestos de honor que la historia concede a los benefactores de la cultura.

Voltaire fue uno de los autores que más favores recibió de la Pompadour; si bien es cierto que él se preocupó desde muy pronto en adularla convenientemente: «Me intereso por vuestra felicidad más de lo que pensáis y quizás no hay en París quien tome en ello un interés más vivo […]; y os pido permiso para ir a deciros unas palabritas a  Étiolles […]. Soy, respetuosamente, señora, de vuestros ojos, de vuestro rostro y de vuestro ingenio, el más humilde y más obediente servidor» [5]. En ocasiones el incienso de Voltaire a su ilustre amiga se manifestaba en forma de poemas: «Así, pues vos reunís / todas las artes, todos los gustos, todos los / talentos, para complacer: / Pompadour, embellecéis / la Corte, el Parnaso y Citeres. / Encanto de todos los corazones, tesoro de / un solo mortal, / ¡qué tan bella suerte llegue a ser eterna! / ¡Qué vuestros días preciosos se vean / señalados por festejos!» [6]. Sea por lo que fuere, la favorita del rey miró por los intereses de aquel polémico y mordaz philosophe: en 1745, Voltaire era nombrado gentilhombre ordinario de cámara e historiógrafo real, y, al año siguiente, miembro de la Academia Francesa. Además, entre 1747 y 1750 se representaron en el escenario más exclusivo de Francia, el palacio de Versalles, dos de sus obras, El hijo prodigo y Zaire. El apoyo de madame Pompadour llegó incluso hasta conseguir que se prohibiera una obra que parodiaba la recién estrenada Semíramis de Voltaire [7].

A partir de 1751, cuando la pasión amorosa cesó y dio paso a la amistad, Jeanne-Antoinette manifestó su deseo de reconciliarse con la Iglesia. Sin embargo, la cuestión no era sencilla. La conclusión a la que se llegó fue la siguiente: si el escándalo había sido tan público y ruidoso la ruptura debía ser ostentosa, por lo tanto, era preciso que la marquesa abandonara la corte. Esta solución, inaceptable para la Pompadour, fue defendida sobre todo por los jesuitas, por entonces con gran influencia en Versalles. No sabemos si de aquel capítulo de su vida Jeanne guardó algún rencor hacia la Compañía de Jesús. En este punto los historiadores no se ponen de acuerdo. Años después se desató una tormenta contra los jesuitas en toda Europa. En Francia, los parlamentarios (magistrados), unidos a los tradicionales enemigos de la Compañía (herejes jansenistas y filósofos enciclopedistas), consiguieron llevar a los hijos de san Ignacio a los tribunales. Madame de Pompadour no hizo nada para defenderlos. Élla, la que había llegado a tejer alianzas internacionales, no movió un dedo por los jesuitas, los cuales sí que contaron, en cambio, con la defensa de la familia real, especialmente del delfín (el heredero). La marquesa entendió que después de muchos años de enfrentamientos entre el rey y el Parlamento de París (alta corte de justicia) era conveniente entregarles la víctima que pedían. A dicha idea corresponde el siguiente comentario suyo: «Creo que son personas honestas. Pero no es posible que el rey sacrifique su Parlamento en el momento en que lo necesita» [8]. No queriendo más problemas, Luis XV cedió, decretando, en 1764, la expulsión de los jesuitas de Francia. Un rey que ejercía su oficio de mala gana y que se dejaba llevar por la lujuria, y una señora, su examante, entregada con pasión a la política. Con este panorama no es de extrañar que los lobos se hicieran con la presa. La drástica medida  –pronto imitada en España y en otros países católicos– supuso un duro golpe para la Iglesia en un crítico y crucial momento histórico.    

Hacia los cuarenta años, Jeanne-Antoinette se encontraba físicamente agotada. Sólo la destreza con el maquillaje y su reconocido buen gusto en el vestir salvaban las apariencias. La salud se iba deteriorando. Una prueba preocupante era que ya desde hacía tiempo venía escupiendo sangre.

Había llegado a tener todo lo que un día soñó, pero no había sido verdaderamente feliz. Al igual que cualquier mortal, tuvo que sufrir los golpes de la vida, como cuando vio morir a su única hija, de diez años. Por encima de todo, vivió durante muchos años en tensión, luchando contra conspiraciones de cortesanos, siempre con el constante temor a perder el favor del rey. En todos estos afanes fue consumiendo las fuerzas. Cansada y decepcionada escribe a su hermano: «Excepto la felicidad de estar cerca del Rey […], lo demás no es sino un tejido de maldades y de bajezas; es decir, de todas las miserias de las que son capaces los pobres humanos» [9]. La derrota francesa al término de la guerra de los Siete Años (1763) es asumida por madame de Pompadour como un fracaso de su labor política. En 1764 cae enferma. Ya no se recuperará. Se confiesa y recibe los últimos sacramentos. Muere en Versalles, el Domingo de Ramos de ese año. Luis XV no está presente en este último momento. Mientras agoniza, Jeanne se agarra al brazo del sacerdote.

Santander, diciembre del 2015.

Luis Somarriba


NOTAS:

[1] LEVRON, Jacques, Madame de Pompadour, el amor y la política, Edit. Vergara, Buenos Aires, 1987, p. 26.                
[2] El testimonio es bastante objetivo pues procede de Leroy, jefe de cuidadores del parque de Versalles, persona que no era sospechosa de halagar a la Pompadour. Citado en ibid., pp. 60-61.
[3] Ibid., p. 185.       
[4] NOLHAC, Pierre, Luis XV y madame de Pompadour, según documentos inéditos, Edit. Montaner y Simón, Barcelona, 1930, p. 172.
[5] Ibid., pág. 60.
[6] Citado en LEVRON, J., op. cit., pp. 76-77.
[7] NOLHAC, P. op. cit., pp. 176-177.
[8] Citado en LEVRON, J., op. cit., p. 343.
[9] Citado por GAXOTTE, Pierre, «Madame de Pompadour, esa desconocida», Historia y Vida, extra  n.º 7 (1976), p. 87.





lunes, 28 de diciembre de 2015

EL IMPERIO AZTECA Y SU RELIGIÓN


El Imperio azteca que conocieron los españoles en 1519 abarcaba un extenso dominio situado en el centro-sur del actual México, una zona que desde antiguo había sido el solar de diferentes pueblos y culturas.

Provenientes del norte, los aztecas o mexicas se asentaron en este territorio entre los siglos XII y XIII, asimilando distintos aspectos culturales y religiosos de sus vecinos y de las grandes civilizaciones que les precedieron. En 1325 fundaron una ciudad, que se convirtió en su capital, Tenochtitlán (la actual México), levantada sobre una isla del lago Texcoco. El engrandecimiento y expansión de los mexicas tuvo lugar durante el siglo XV y los primeros años del XVI, período en el cual construyeron un extenso imperio, unido por la fuerza de las armas y el miedo, donde las ciudades y pueblos conquistados, aunque conservaban su autonomía, debían entregar regularmente cuantiosos tributos. El Imperio era regido por un soberano de carácter electivo, el uei tlatoani, con amplios poderes civiles, militares y religiosos.

La sociedad azteca estaba fuertemente jerarquizada y en su cima se encontraba una privilegiada élite dominante, formada por aristócratas, nobles guerreros, sacerdotes y funcionarios. Había también mercaderes, artesanos y campesinos. En la base de la pirámide social se encontraban los esclavos.

Tanto los mexicas como los pueblos que sometieron practicaban cultos religiosos que, al menos a los ojos de los europeos, presentaban grandes semejanzas. Dos características sobresalían: el politeísmo y los sacrificios humanos. También estaba muy extendido en Mesoamérica honrar a las diferentes divinidades en lo alto de pirámides escalonadas.

La suprema deidad de los aztecas era Huitzilopochtli, dios solar de la guerra. En el centro de México-Tenochtitlán existía un amplio y espectacular recinto que reunía monumentales edificaciones, sobre todo templos, entre los que sobresalía el Gran Teocali o Templo Mayor. Dicha edificación era una pirámide escalonada de unos sesenta metros de altura con una doble escalinata frontal, la cual terminaba en una terraza con dos templos: uno dedicado a Tláloc, dios de la lluvia, y otro al ya mencionado Huitzilopochtli. Los sacerdotes eran de distintas categorías y solían mostrarse con un aspecto terrible: tiznados de hollín y con una la larga cabellera untada de tinta y sangre.

Se practicaban varios tipos de sacrificios humanos, si bien el más generalizado era el que se realizaba por extracción del corazón. Por lo común, la víctima, tras ascender a lo alto de la pirámide, era tumbada boca arriba sobre una piedra (techcatl) y sujetada por los brazos, las piernas y la cabeza. Seguidamente, un sacerdote realizaba un rápido corte con el cuchillo −al parecer, justo debajo de las costillas− e introducía la mano en las entrañas para hacerse con el corazón, el cual era extraído y ofrecido a la divinidad. A continuación, el preciado órgano era depositado en un recipiente llamado cuauhxicalli [1]. Acabado todo, era normal que el cadáver fuese arrojado escaleras abajo, sirviendo de alimento entre los asistentes: «Y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas » [2]. El dios Tláloc exigía que se le inmolaran niños, y el llanto de los inocentes camino de la muerte era considerado como buen augurio para obtener lluvias ese año. Para honrar al dios del fuego, Xiutecutli, las víctimas, luego de ser arrojadas a las llamas, eran recuperadas para, todavía con vida, arrancarles el corazón [3].

Muchas veces el rito sacrificial se completaba con el desollamiento, y las pieles humanas así conseguidas se usaban a modo de un especial ropaje con el que recubrirse: «En México para este día guardaban alguno de los presos en la guerra que fuese señor o persona principal, y a aquél desollaban para vestir el cuero de él el gran señor de México, Moctezuma, el cual con aquel cuero vestido bailaba con mucha gravedad, pensando que hacía gran servicio al demonio que aquel día honraban» [4]. Igualmente, algunos huesos eran conservados por los guerreros como trofeos.

Estos sangrientos rituales se realizaban con demasiada frecuencia a lo largo del año y, en determinadas ocasiones, con un elevado precio en vidas humanas. Así por ejemplo, en el reinado de Axayacatl (1469-1482), cuando se inauguró el calendario azteca, fueron sacrificadas 700 víctimas. Aunque el mayor holocausto tuvo lugar en 1486, coincidiendo con la consagración del Templo Mayor. En aquella ocasión, en catorce lugares distintos y durante cuatro días, fueron inmoladas unas 20.000 personas. En la ciudad de Tenochtitlán las calaveras se amontonaban en un monumento erigido dentro del recinto ceremonial. Según los cálculos de Andrés Tapia, uno de los hombres de Cortés, en aquel lugar había cerca de 136.000 cráneos.

La necesidad de obtener víctimas para los cultos sacrificiales llegó a ser tan acuciante que muchas veces las campañas bélicas se emprendían para obtener prisioneros que inmolar.

Los españoles, pese a ser hombres duros, acostumbrados a las crueldades de la guerra, quedaron sobrecogidos por los atroces espectáculos de muerte que encontraron en México. El escenario de aquellas matanzas fue descrito más de una vez por Bernal Díaz del Castillo, uno de los españoles que participó en la expedición de Cortés. Un  buen ejemplo es el relato de la visita al Templo Mayor de Tenochtitlán: «Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y ansimismo el suelo, que todo hedía muy malamente. […] . Y allí tenían un tambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido dél era tan triste y de tal manera como dicen instrumento de los infiernos, […]. E en aquella placeta tenían tantas cosas muy diabólicas de ver, de bocinas y trompetillas y navajones, y muchos corazones de indios que habían quemado, con que sahumaron a aquellos sus ídolos, y todo cuajado de sangre. Tenían tanto, que los doy a la maldición; y como todo hedía a carnicería, no víamos la hora de quitarnos de tan mal hedor y peor vista» [5].

                                 Luis Somarriba


Ejecución de un sacrificio humano entre los aztecas



[1] BENAVENTE MOTOLINÍA, Fray Toribio, Historia de los indios de la Nueva España, I, 6.
[2]  DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la nueva España, Espasa-Calpe, Madrid, 1992, XCII, p. 227.
[3] BENAVENTE MOTOLINÍA, op. cit. I, 7.
[4] Ibid., I, 6.
[5] DÍAZ DEL CASTILLO, op. cit., XCII, p. 225.


LUIS IX DE FRANCIA: SANTO, REY Y CABALLERO


Con Luis IX de Francia nos encontramos ante una de las figuras más sobresalientes y atractivas de la historia. Modelo de caballero y rey cristiano, los ideales de justicia y paz, por los que tanto trabajó, llegaron a convertirse casi en el lema de su reinado.
        
Luis IX nació en 1214, hijo de Luis VIII y de Blanca de Castilla. Era por parte materna nieto del monarca castellano Alfonso VIII, vencedor de los musulmanes en las Navas de Tolosa (1212). También, del lado materno, era primo hermano de otro rey santo, Fernando III de Castilla y León.

Al hablar de dichos monarcas, es obligado recordar a dos grandes personajes femeninos de la Europa medieval: doña Blanca y doña Berenguela, madres, respectivamente, de san Luis y san Fernando. Dos hermanas, infantas de Castilla, a quienes tocó gobernar en circunstancias complicadas, y que ayudaron a forjar la heroica personalidad de sus hijos.

Luis IX contaba con sólo doce años (1226) cuando murió su padre, asumiendo la regencia su madre, la ya citada doña Blanca, quien pronto tuvo que enfrentarse a los nobles feudales, deseosos de aprovechar la situación para imponer su poder a la realeza. La regente dominó la situación y preparó el gobierno personal de su hijo, al que educó inculcándole los deberes propios del oficio real y, sobre todo, transmitiéndole sólidos principios morales. «Hijo –le repetía– antes te prefiero ver muerto que caído en pecado mortal».
           
Luis IX es declarado mayor de edad en 1234, y ese año se casa con Margarita de Provenza, con quien tendría once hijos. Según nos cuentan, su aspecto físico armonizaba con la belleza moral de su santidad: de muy buena presencia, el cabello rubio, los ojos azules, «alto y delgado con aire angelical y un rostro agraciado». Tenía un trato afable y le gustaba hablar con sus amigos. En el combate podía llegar a ser valiente como el que más.

Su espiritualidad estuvo influida por los frailes franciscanos. Vestía con sobriedad y era moderado en las comidas. Asistía diariamente a misa, confesaba con frecuencia, mantenía prolongados ratos de oración y aplicaba a su cuerpo duras penitencias. A menudo se le podía ver atendiendo a los pobres, a quienes sentaba en su mesa, o limpiando a los leprosos y repartiendo limosnas. En París fundó el hospital de Quinze-Vingts para albergar a trescientos ciegos.

Luis IX entendió el poder real no sólo como algo heredado, sino, sobre todo, como un deber del cual tendría que dar rigurosas cuentas a Dios. De ahí que se entregara a la noble tarea de gobernar con enorme responsabilidad, esforzándose por buscar la felicidad de su pueblo.

A lo largo del reinado san Luis destacó por su alto sentido de la justicia. Al parecer, era admirable observar como el monarca administraba personalmente la justicia, con sencillez, atendiendo especialmente las quejas de los más humildes, como nos lo recuerda su cronista Joinville: «Yo le he visto en verano varias veces, que para despachar los negocios de sus gentes venía al jardín […]; hacía tender alfombras para que nos sentáramos a su alrededor, y todo el pueblo que tenía algún negocio que presentarle, permanecía en pie junto a él; y a todos atendía convenientemente». Pero su búsqueda de la justicia fue más allá de este tipo de escenas. Perfeccionó el tribunal real, castigó los abusos de los señores feudales a sus vasallos y prohibió las guerras privadas y los duelos. Los propios oficiales reales fueron vigilados para evitar cualquier exceso en el desempeño de sus funciones y se impuso en la administración un código moral a través de una serie de ordenanzas. Asimismo, para garantizar una mayor honradez de las transacciones económicas acuñó moneda de una excelente calidad y ley.

Cuando el soberano británico Enrique III le declaró la guerra, Luis IX se defendió con energía, venciendo a los ingleses en Saints. Sin embargo, al firmarse el Tratado de París (1259), san Luis no quiso imponer condiciones humillantes a Enrique. Una vez conseguidas las ventajas para su reino, el monarca francés, tratando de consolidar la paz, reconoció la posesión de algunos territorios en suelo galo por el inglés, e incluso le devolvió otros. A los que le reprocharon esta actitud les respondió: «La tierra que le doy, la doy solamente para poner amor entre sus hijos y mis hijos». El Tratado de París se muestra así como un buen ejemplo de diplomacia planificada con criterios cristianos.

El crédito moral adquirido por san Luis fue tal en Europa que de distintas partes acudían a él para que hiciese de árbitro.

Entre los consejos que dejó en su testamento para su hijo y sucesor, Felipe III, se encuentra este: En el caso de tener que juzgar entre un rico y un pobre «ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón».

El reinado de Luis IX supuso para Francia una época de esplendor cultural y artístico, así como de desarrollo económico. París, con unos 200.000 habitantes, se erige en gran capital europea, sede de una de las más prestigiosas universidades, en cuyo seno Robert de Sorbon, capellán del rey, funda hacia 1257, con apoyo del monarca, un colegio para estudiantes pobres, conocido como la Sorbona, que adquirió gran fama y que terminó por dar nombre a la propia Universidad parisiense. En las aulas de la capital francesa sobresalió por estos años Sto. Tomás de Aquino, cumbre de la filosofía medieval, quien mantuvo trato con san Luis. El arte gótico, nacido en el siglo anterior dentro de la región de París, florece ahora en toda Francia extendiéndose al resto de Europa. En París se termina la catedral de Notre-Dame y, a pocos metros de este templo, en el centro de su palacio de la isla de la Cité, san Luis erige la Santa Capilla (Sainte-Chapelle), auténtica maravilla del gótico. En este edificio, construido entre 1241 y 1248 para albergar las reliquias de la Pasión –particularmente la Corona de Espinas–, los muros han desaparecido, solamente quedan esbeltas y finas columnas enmarcando las grandes vidrieras multicolores que filtran la luz, otorgando al interior un ambiente único. No es de extrañar que a los contemporáneos de su fundador les pareciera «entrar en una de las más bellas habitaciones del cielo»

Como buen caballero medieval Luis IX acudió a las cruzadas, organizando las dos últimas. Su proyecto de recuperar los Santos Lugares –Jerusalén había vuelto a caer en manos sarracenas en 1244– no respondía a la lógica del interés político y económico sino que nacía de su idealismo cristiano. Con todo, y pese a los cuidados en la preparación, la suerte no estuvo de su lado. En la primera expedición, iniciada en 1248, fracasó frente al sultán de Egipto. Volvió a intentarlo, en 1270. Esta vez la cruzada se desvía a Túnez. Allí tiene lugar el desastre, provocado principalmente por la epidemia que diezma el ejército francés. San Luis, con las fuerzas ya muy debilitadas antes de emprender el viaje, se empeña en atender por sí mismo a los enfermos. Murió el día 25 de agosto de 1270, balbuceando en su agonía el nombre de Jerusalén. Su cuerpo fue trasladado al panteón real de Saint-Denis. En 1297 era canonizado por el papa Bonifacio VIII.    

Desde su muerte, los soberanos franceses no dudarán en apoyarse en el prestigio del Rey Santo. Durante siglos la Monarquía francesa será conocida como el Trono de San Luis.

Como señaló el historiador francés J. Calmette, Luis IX «es en lo moral, el hombre que se rige tan sólo por su conciencia. El acuerdo entre su fe y su razón opera el equilibrio y la serenidad de su vida. […] La armonía entre las convicciones y los actos opera la belleza incomparable de esta figura, única en la historia».

            Luis Somarriba

FUENTES: 
DE JOINVILLE, Jean, Histoire de Saint Louis, París, 1958; Acta Sanctorum Augusti, 1868; CALMETTE, Joseph, Le monde féodal, Presses Universitaires de France, París, 1951; PERNOUD, Régine, Blanca de Castilla, Belacqua, Barcelona, 2002.


Santa Capilla de París (Sainte-Chapelle), construida por Luis IX entre 1241 y 1248. Foto Wikipedia.


Santa Corona de Espinas, llevada a París por san Luis. Se conserva, como un tesoro, dentro de un relicaro, en la Catedral de Notre-Dame.


Abajo: exposición de la Santa Corona para la veneración de los fieles. 
Foto: Sociedad Henri-Marie Boudon y Godong/ Catedral de Notre-Dame.




lunes, 3 de noviembre de 2014

VÍDEO DEL KÁISER GUILLERMO II DE ALEMANIA (principios s. XX))


IMÁGENES ENTRE 1911 y 1916






 

HISTORIA DE COLINDRES


^ Tarjeta de Colindres a principios del siglo XX 

Alameda del Ayuntamiento de Colindres, a principios del s. XX

Alameda del Ayuntamiento de Colindres, a principios del s. XX




GUERRA CIVIL EN COLINDRES: EL CUARTEL DEL EJÉRCITO VASCO EN LA PLAZA DE SAN GINÉS

Durante la Guerra Civil, en el verano de 1937, la casa de Gregorio Somarriba Sainz-Trápaga, sita en la alameda de San Ginés (inmueble que años después ocupó el establecimiento de Bedia), fue elegida por las autoridades para que sirviera de cuartel a uno de los batallones vascos (los gudaris del PNV), que habían tenido que retirarse de Vizcaya tras la ocupación de este territorio por los ejércitos de Franco. La familia dispuso de unas pocas horas para desalojar el edificio.
Fueron varios los batallones dependientes del Gobierno de Euzkadi que se establecieron en toda la zona: Laredo, Colindres, Santoña, etc. 
           Una de las cuestiones que más llamó la atención entre la población local fue la práctica de la religión entre aquellos militares, pues desde que se inició la contienda, en la zona republicana se había puesto en marcha una implacable persecución contra el clero, siendo clausuradas las iglesias, la mayor parte de las cuales fueron saqueadas y/o incendiadas. En este sentido, el País Vasco resultó una excepción dentro de la República, gracias a la ideología conservadora y católica del PNV, que, no obstante, decidió aliarse con el gobierno izquierdista de Madrid para poder conseguir la autonomía y, a través de ella, quizás la independencia. De esta manera, en Colindres se daba la paradoja de que, mientras el párroco, don Patricio, se encontraba escondido y la iglesia de San Juan había recibido la inoportuna «visita» de los milicianos, diariamente, en la propiedad del Sr. Somarriba, un capellán castrense celebraba piadosamente misa de campaña.
A finales de agosto, el improvisado cuartel fue abandonado de forma precipitada por los militares, para cruzar el vecino puente de Treto-Colindres y dirigirse a Santoña, lugar en el que culminó la rendición pactada entre el Gobierno vasco y los italianos, el conocido como Pacto de Santoña (24-VIII-1937). En su huida, los gudaris dejaron la mayor parte de su bagaje (armas, víveres, máquinas de escribir, etc.) en el edificio. La noticia de lo abandonado por el ejército de Euzkadi en casa de Somarriba corrió en seguida por todo el barrio, provocando el saqueo de la vivienda. 
      Cuando, poco después, entraron las fuerzas nacionales en Colindres, Gregorio Somarriba acudió a las nuevas autoridades para frenar aquel expolio, que, pese a todo, continuaba. Se trataba de atajar cuanto antes aquella situación que podía acabar en tragedia, pues, se temía que, entre lo dejado por los nacionalistas, pudieran encontrarse artefactos explosivos. Se acordó, entonces, montar una guardia de italianos. Sin embargo, la solución no dio resultado, ya que aquellos soldados terminaron por hacer amistad con las gentes del vecindario, especialmente con el personal femenino. Por ello, continuó el pillaje hasta el total agotamiento de las existencias, causándose, además, numerosos daños entre bienes de la familia.

Artículo redactado por el autor del blog, a partir del testimonio aportado en su día por algunos miembros de las familias Somarriba-Bahón y Bahón-Salcines.

Santander, agosto de 2018.
















Casa de Gregorio Somarriba Sainz-Trápaga en la década de 1940.
Arriba: fachada principal en la alameda de San Ginés; al fondo, la torre de Villa Luz.
Abajo: vista lateral y parte posterior de la vivienda, con la galería.
Este edificio se convirtió en cuartel de gudaris durante el verano de 1937.


Actual alameda de San Ginés (2018). Los bloques de viviendas del fondo están emplazados en el lugar donde estuvo la casa de la familia Somarriba. Posteriormente, la propiedad pasó a los Bedia que instalaron en él un comercio de artículos de baño. Finalmente, el inmueble fue demolido en 2005, dando paso a los edificios que se ven y a un aparcamiento. 





PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN COLINDRES DURANTE LA GUERRA CIVIL: 1936-1937

        "La iglesia fue cerrada al culto por mandato del Frente Popular a mediados de agosto, y destinada más tarde a cuartel.
        Fueron destruidos un armonium, cinco retablos, nueve imágenes, otros tantos Cálices, tres campanas, quedando la iglesia notablemente mutilada. Muchas de las imágenes fueron tiroteadas antes de destruirlas.
        La persecución personal se cebó bastante en gentes de derechas, que fueron a parar en gran número a la cárcel; mas sólo se asesinó a un joven de Acción Católica, sin que se sepan detalles de su muerte.
        El ecónomo [el cura, don Patricio] hubo de vivir escondido", 

Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Santander, suplemento al n.º 4, año LXVI, abril, Santander, 1940, pp. 94, 95.




              APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE VILLA LUZ


          El chalet y parque que hoy conocemos como Villa Luz pertenecieron originalmente a Ruperto Miquelarena, empresario bilbaíno, y a su esposa, Victoria Regueiro. Este matrimonio encargó su construcción a un notable arquitecto de la época, el laredano Joaquín Rucoba, a quien se deben, entre otras obras, el Ayuntamiento de Bilbao y el Teatro Arriaga. El edificio (1898), de estilo ecléctico e inspirado en la arquitectura francesa de finales del siglo XIX, estaba rodeado por un amplio jardín y una extensa finca —mayor que la actual—, que incluía un estanque. Fue la residencia de verano de los Miquelarena durante casi diez años. Al parecer, la elección de Colindres estuvo influida por los Ulacia, parientes de don Ruperto, quienes poseían desde tiempo atrás la finca del Gurugú.

En la propiedad colindante se encontraba la casa de Elías Somarriba y Manuela Sainz-Trápaga, una residencia a la que se accedía por la alameda de San Ginés. Los hijos de ambas familias entablaron pronto amistad, especialmente Jacinto Miquelarena y Pepe Somarriba. Con los años, Jacinto destacó como novelista y periodista brillante, siendo además uno de los pioneros de la prensa deportiva y una figura muy vinculada a los ambientes intelectuales de su tiempo.

La muerte de una hija pequeña en el estanque de la finca causó un profundo dolor a la familia, que decidió vender la propiedad. Esta fue adquirida en 1908 por Juan Bringas y su esposa, Clara Luz Rivas, hijos de indianos en México y Cuba, respectivamente. Ellos, además de aportar el nombre actual, remodelaron el jardín, en el que incluyeron algunas especies americanas.

Según oí contar a la generación de mis abuelos, los nuevos propietarios gustaban de organizar elegantes fiestas en el jardín, en las que, entre otros bailes, se incluía el rigodón. Era esta una danza un tanto trasnochada para aquellos años —en torno a la década de 1910— pero, sin duda, su carácter aristocrático ayudaba a elevar el caché de aquellos saraos.

Al igual que había ocurrido con los Miquelarena, la familia Somarriba mantuvo una relación cercana con los Bringas. La amistad se vio reforzada por el parentesco político, pues un hermano de Clara Luz Rivas estaba casado con una hermana de Manuela Sainz-Trápaga, esposa de Elías Somarriba. En este contexto, no resulta extraño que acabara celebrándose el matrimonio entre dos miembros de ambas familias: Margarita Bringas y Pepe Somarriba. El enlace tuvo lugar en julio de 1930, en la capilla de Villa Luz. El acontecimiento fue recogido en las páginas de sociedad de la prensa santanderina, como puede verse más abajo en un recorte de El Cantábrico.

Los recién casados se establecieron en la casa de los Somarriba y, para facilitar el tránsito entre ambas residencias, se abrió una puerta en el muro que separaba las dos fincas. Sin embargo, aquella comunicación no permaneció abierta mucho tiempo, ya que el matrimonio se separó apenas tres o cuatro años después.

Si bien la casa que perteneció a la familia Somarriba, posteriormente ocupada por el comercio de Bedia, desapareció hacia 2005, aún se conserva la tapia que delimitaba ambas propiedades. En ella, por el lado del aparcamiento de la alameda de San Ginés, puede apreciarse todavía el marco de aquella puerta, tapiada desde hace décadas.

Aunque el matrimonio de Margarita y Pepe no tuvo descendencia, sí la tuvo su hermana Ángeles Bringas, casada con José Benítez. Una hija de ambos, Luz Benítez, se casó con el arquitecto Ramón Canosa de los Cuetos, de origen colindrés. Ramón era hijo del también arquitecto Emilio Canosa Gutiérrez, autor de la iglesia del Carmen, en Colindres de Abajo, concluida en 1964.

 Los descendientes de doña Clara Luz, la persona que dio nombre a la casa, han conservado la propiedad durante décadas. Finalmente, en 2019, y tras un prolongado litigio, se llegó a un acuerdo que permitió su cesión al Ayuntamiento, el cual ha procedido a su restauración. Con ello, este singular edificio de Colindres inicia una nueva etapa en la que, junto al uso público que se le ha asignado, resulta imprescindible garantizar su conservación y puesta en valor para las nuevas generaciones.  

Artículo redactado por el autor del blog.

Santander, junio de 2026.


Fuentes:

- Zaldívar Miquelarena, Leticia: ¡Qué país Miquelarena! Biografía de Jacinto Miquelarena, Edit. Renacimiento, 2020.

- Aramburu-Zabala Higuera, Miguel Ángel; Soldevilla Oria, Consuelo: Arquitectura de los indianos en Cantabria (siglos XVI-XX), tomo II, Santander, 2007.

- Información aportada por la familia Somarriba-Bahón.

- Hemeroteca (prensa regional).










                                                                                  


     Capilla de Villa Luz. Foto Leoncio

   

   








Restos de la antigua puerta, hoy tapiada, en el muro que separa la finca de Villa Luz del actual aparcamiento. Foto de 2018.