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| ^ Tarjeta de Colindres a principios del siglo XX |
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| Alameda del Ayuntamiento de Colindres, a principios del s. XX |
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| Alameda del Ayuntamiento de Colindres, a principios del s. XX |
Una de las cuestiones que más llamó la atención entre la población local fue la práctica de la religión entre aquellos militares, pues desde que se inició la contienda, en la zona republicana se había puesto en marcha una implacable persecución contra el clero, siendo clausuradas las iglesias, la mayor parte de las cuales fueron saqueadas y/o incendiadas. En este sentido, el País Vasco resultó una excepción dentro de la República, gracias a la ideología conservadora y católica del PNV, que, no obstante, decidió aliarse con el gobierno izquierdista de Madrid para poder conseguir la autonomía y, a través de ella, quizás la independencia. De esta manera, en Colindres se daba la paradoja de que, mientras el párroco, don Patricio, se encontraba escondido y la iglesia de San Juan había recibido la inoportuna «visita» de los milicianos, diariamente, en la propiedad del Sr. Somarriba, un capellán castrense celebraba piadosamente misa de campaña.
Arriba: fachada principal en la alameda de San Ginés; al fondo, la torre de Villa Luz.
Abajo: vista lateral y parte posterior de la vivienda, con la galería.
APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE VILLA LUZ
El chalet y parque que hoy conocemos como Villa Luz pertenecieron originalmente a Ruperto Miquelarena, empresario bilbaíno, y a su esposa, Victoria Regueiro. Este matrimonio encargó su construcción a un notable arquitecto de la época, el laredano Joaquín Rucoba, a quien se deben, entre otras obras, el Ayuntamiento de Bilbao y el Teatro Arriaga. El edificio (1898), de estilo ecléctico e inspirado en la arquitectura francesa de finales del siglo XIX, estaba rodeado por un amplio jardín y una extensa finca —mayor que la actual—, que incluía un estanque. Fue la residencia de verano de los Miquelarena durante casi diez años. Al parecer, la elección de Colindres estuvo influida por los Ulacia, parientes de don Ruperto, quienes poseían desde tiempo atrás la finca del Gurugú.
En la propiedad colindante se encontraba la casa de Elías Somarriba y Manuela Sainz-Trápaga, una residencia a la que se accedía por la alameda de San Ginés. Los hijos de ambas familias entablaron pronto amistad, especialmente Jacinto Miquelarena y Pepe Somarriba. Con los años, Jacinto destacó como novelista y periodista brillante, siendo además uno de los pioneros de la prensa deportiva y una figura muy vinculada a los ambientes intelectuales de su tiempo.
La muerte de una hija pequeña en el estanque de la finca causó un profundo dolor a la familia, que decidió vender la propiedad. Esta fue adquirida en 1908 por Juan Bringas y su esposa, Clara Luz Rivas, hijos de indianos en México y Cuba, respectivamente. Ellos, además de aportar el nombre actual, remodelaron el jardín, en el que incluyeron algunas especies americanas.
Según oí contar a la generación de mis abuelos, los nuevos propietarios gustaban de organizar elegantes fiestas en el jardín, en las que, entre otros bailes, se incluía el rigodón. Era esta una danza un tanto trasnochada para aquellos años —en torno a la década de 1910— pero, sin duda, su carácter aristocrático ayudaba a elevar el caché de aquellos saraos.
Al igual que había ocurrido con los Miquelarena, la familia Somarriba mantuvo una relación cercana con los Bringas. La amistad se vio reforzada por el parentesco político, pues un hermano de Clara Luz Rivas estaba casado con una hermana de Manuela Sainz-Trápaga, esposa de Elías Somarriba. En este contexto, no resulta extraño que acabara celebrándose el matrimonio entre dos miembros de ambas familias: Margarita Bringas y Pepe Somarriba. El enlace tuvo lugar en julio de 1930, en la capilla de Villa Luz. El acontecimiento fue recogido en las páginas de sociedad de la prensa santanderina, como puede verse más abajo en un recorte de El Cantábrico.
Los recién casados se establecieron en la casa de los Somarriba y, para facilitar el tránsito entre ambas residencias, se abrió una puerta en el muro que separaba las dos fincas. Sin embargo, aquella comunicación no permaneció abierta mucho tiempo, ya que el matrimonio se separó apenas tres o cuatro años después.
Si bien la casa que perteneció a la familia Somarriba, posteriormente ocupada por el comercio de Bedia, desapareció hacia 2005, aún se conserva la tapia que delimitaba ambas propiedades. En ella, por el lado del aparcamiento de la alameda de San Ginés, puede apreciarse todavía el marco de aquella puerta, tapiada desde hace décadas.
Aunque el matrimonio de Margarita y Pepe no tuvo descendencia, sí la tuvo su hermana Ángeles Bringas, casada con José Benítez. Una hija de ambos, Luz Benítez, se casó con el arquitecto Ramón Canosa de los Cuetos, de origen colindrés. Ramón era hijo del también arquitecto Emilio Canosa Gutiérrez, autor de la iglesia del Carmen, en Colindres de Abajo, concluida en 1964.
Los descendientes de doña Clara Luz, la persona que dio nombre a la casa, han conservado la propiedad durante décadas. Finalmente, en 2019, y tras un prolongado litigio, se llegó a un acuerdo que permitió su cesión al Ayuntamiento, el cual ha procedido a su restauración. Con ello, este singular edificio de Colindres inicia una nueva etapa en la que, junto al uso público que se le ha asignado, resulta imprescindible garantizar su conservación y puesta en valor para las nuevas generaciones.
Artículo redactado por el autor del blog.
Santander, junio de 2026.
Fuentes:
- Zaldívar Miquelarena, Leticia: ¡Qué país Miquelarena! Biografía de Jacinto Miquelarena, Edit. Renacimiento, 2020.
- Aramburu-Zabala Higuera, Miguel Ángel; Soldevilla Oria, Consuelo: Arquitectura de los indianos en Cantabria (siglos XVI-XX), tomo II, Santander, 2007.
- Información aportada por la familia Somarriba-Bahón.
- Hemeroteca (prensa regional).



Recuerdos de una población
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